La nada.

Por algún motivo me animé. Tal vez por que la hora dorada en un inesperado soleado, pero corto, día de otoño irlandés prometiera cierta cantidad de luz. O porque la luna creciente muy arriba sonriera como una lámpara de muchos dientes de plata. O porque no me diera cuenta de nada y no sospechara que me sorprendería la oscuridad más tarde.
Lo cierto es que me mandé a caminar por una playa durante el atardecer y tres kilómetros después tuve que volver en la más completa oscuridad, tropezando con obstáculos apenas visibles enterrados en la arena gruesa y oscura. 
El frío me hizo poner gorro, cuello y capucha a la ida. A la vuelta volvía con la cabeza descubierta y la campera abierta con el viento de frente. Me detuve en el medio de la nada con el mar rompiendo frente a mi, una duna despeinada a mi espalda y cielo negro sobre mi cabeza. Estaba solo, recontra solo a tres kilómetros a la redonde de nada. Cerré los ojos. Cuando los abrí vi brillando sobre mi a la estación espacial internacional como un lucero de todas las albas. Se consumió en ese esplendor por cinco segundos y se apagó gradualmente para pasar a ser sólo una estrellita gris y pasajera en su órbita con su carguita de gentes más sólos que yo frente al océano más profundo.



A la lata.

Hoy fuímos al Castillo de Claregalway, apenas a diez minutos de casa, para ver a los "caballeros" dándose maza y cascote sin respiro. Bah,con respiros. La verdad es que no es tan interesante después de un rato. 
La secuencia es así: Empieza el combate, se escucha como si se cayera un lavarropas por una escalera y listo. Se termina cuando no pasa nada o uno de los tipos cae y queda inmovilizado.Eso puede tomar un máximo de dos minutos. Lo mismo cuando eran cuatro contra cuatro, con el ruido up supra mencionado mucho más elevado.
Al final el equipo de USA se llevó puestos a todos, como de costumbre, y los niños ya ni estaban interesados, concentrados en romperse la crisma sin yelmo colgados de un viejo árbol de ramas elásticas que se prestaba al juego.
Terminó la velada con ballet acuático y unos mates entre los concursantes que acodados en la tranquera escuchaban los resultados de los partidos del domingo.
Ah, no.
Pero no importa porque alguien tocaba el arpa junto al manso río Clare y una voz dulce modulaba en francés viejas canciones de caballeros y comida caliente y damas esperando.




Orión.

Habitualmente a las 6:15 am salgo al patio para buscar la bicicleta guardada en la casilla del fondo y evalúo la condición metereológica en esos breves 30-45 segundos. Lo normal es que el cielo esté gris y que cierto tipo de una infinita variedad de precipitaciones se esté desarrollando en ese momento. La excepción es el buen tiempo.
Pero hoy por primera vez en meses estaba muy oscuro, era todavía de noche y la media Luna mordía una ola enorme de nubes negras que se le venían encima por el sur y Orión la soportaba con una mano, tachonando el tapiz negro del cielo con su furia de diamantes.
El resto disperso de estrellas huía en desbandada y de golpe me acordé que tenía que volver a transitar el suelo como un insignificante gusano sin firmamento.

Y eso.

Alguien mostró una foto de un objeto hermoso y antiguo, un martillo gastado pero en buen estado todavía y otro comentó que él tenía también un martillo de su bisabuelo que todavía seguía funcionando y que solamente había sido necesario cambiarle el mango ocho veces y la cabeza, dos.

No tengo muchos objetos antiguos heredados, pero estoy haciendo pasado con los nuevos.

Y algún día el Sol devorará a la Tierra.

Todo en los niños es chicoscópico, el insecto, el bicho, el monstruo invisible que no cabe en el ropero. El límite del peligro en un radio de cinco, seis metros, una burbuja que es necesario explicar y revisar y empujar sus paredes todos los días hasta que la burbuja sea el universo.

Hay que comprar plata para comprar juguetes.

Danger Mouse es muy bueno, el humor es casi Monty Pythonesco, Lo que cuesta al ver viejos dibujitos animados es adaptarse a las voces originales.

Y paren un poco que se van a romper la cabeza, terminan en el hospital y les ponen la cabeza de otro.

Y eso.









Fundido en negro en Praga.

Me decidí a terminar con todo, con la mentira, con ese engaño constante y ya fluido, una conversación unidireccional como un flechazo al que sólo se puede responder con dolorida expresión de sorpresa mientras la sangre se demora en aflorar.
Un daño sin sangre pero herida siempre abierta, imposible de cicatrizar desde
que mis padres me sentaran frente a un programa de televisión maratónico de domingo y sufriera por primera vez la exposición al fraude amañado como entretenimiento mágico e infantil.
La idea, el plan, el secreto cubierto celosamente era fácil. Viajar a Praga, visitar el templo de la mentira, rasgar el velo, abrir la ventana de la cámara oscura, despertar al niño aterrado en su habitación y mostrarle que debajo de la cama, dentro del ropero, no había, que no hubo nunca nada.
Llegué de tarde, con llovizna, ya había estado una vez coo turista enamorado y me decidí por un taxi. Hablamos del clima en un inglés sintético y efectivo con algunas aristas redondeadas por un humor muy transitado. Me sorpredí ante mi propia tranquilidad. Olvidé la voz y el rostro especular del taxista apenas cerré la puerta del coche, cuando la llovizna me estremeció desde las orejas hasta los tobillos.
Busqué de memoria, con asombrosa precisión pero ignorándola la belleza crepuscular y escarchada de las farolas, las torres y los puentes, como si fuese un monstruo de barro apurado por no desmantelarme sobre el adoquinado, la estatua a Kafka. No soy un hombre que teme a ningún dios, pero temo a la ramificación incontrolable de la fantasía o el sueño sobre la vigilia, así que dediqué mi esfuerzo mental a la imagen de ese hombre y volví sobre mis pasos.
Pagué la entrada por la cual se honran, entre dos partes, un pacto tan siniestro.
Esperé, sin hacer planes laberínticos de escape, pero presintiendo la mole del castillo siempre a mi derecha, cruzando el río.
Esperé pacientemente la inmersión hipnótica del público  y en silencio me puse de pie, precisamente cuando dos peces coloridos de espuma se besaban en un desorganizado arrecife fosforescente mal repintado, obviamente de cartón y otros materiales mal pegoteados; y encendí la linterna que traía escondida en el bolsillo interior del saco. Enfoqué precisamente el centro del escenario donde esperaba poder desenmascarar a los actores encapuchados aferrando las marionetas astutamente con negras manos enguantadas. 
Pero nervioso y ante el creciente rumor iracundo del público a mi alrededor seguí , frustrado y alelado, rebuscando con el haz de luz en mi mano por toda la caja negra del escenario, arriba, abajo, en el suelo, en los rincones donde se apilaban nerviosomante otros muñecajos animados.

Pero, nadie, nadie, nadie! En el escenario no había nadie!